domingo, 27 de marzo de 2011

Es...


Como cuando te dicen aquello de:¿te puedo hacer una pregunta?
Lo difícil llega cuando te hacen prometer que responderás con sinceridad.
Y aún así te arriesgas. Porque puede más la curiosidad que el riesgo a que sea una pregunta a la que preferirías no haber contestado.
Por eso, cuando lo haces, esperan que tu respuesta sea sincera. Pero… ¿y si decides mentir? Y si, a pesar de haber prometido la verdad, mientes? Mientes, por miedo a enfrentarte a la respuesta. La respuesta a una pregunta que no te querías plantear, algo que inconscientemente habías mantenido apartado de tu mente hasta ese momento. Pero ahora ya es demasiado tarde, y lo sabes. La pequeña burbuja de ese pensamiento ha empezado a formarse en tu cabeza, y crecerá hasta explotar como una pompa de jabón, y entonces te darás cuenta de que te has estado engañando a ti misma, de que era algo que sabías desde el principio, de que algo había cambiado en ti en el momento en que lo conociste, de que nunca habrá otro como él, de que él ya era una parte de ti, de que sin él, el sol brilla menos, los colores no son tan intensos, las cosas pierden importancia, y nada tiene el mismo sabor. Y de que si el no está, los días te parecen más vacíos. Pero sobre todo, te das cuenta… de que no deberías haber mentido. 

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